A la salida del instituto se pueden oír las voces de los padres y las madres compitiendo por las buenas notas que ha tenido su retoño. Reproches, restriegos de cara y frentes alzadas recorren los alrededores de los colegios e institutos al final de cada periodo de evaluación, con el simple objetivo de saber quién ha quedado por encima de quién. Y más aún, esta conversación se extrapola al hogar, donde padre y madre se pelean por saber de quien de los dos ha heredado tan deslumbrante o deshonroso talento...
Cuando los docentes hablamos de evaluación debemos desterrar esta idea casposa de competición interalumnos que solo hace que torpedear y perjudicar a aquellos alumnos que más dificultades de progreso tienen en el aprendizaje y condenar a los más exitosos a sacar buenas notas porque sí. Evaluar no es otra cosa que conocer el grado de cumplimiento de los objetivos de aprendizaje, pero también de enseñanza, es conocer lo bueno y lo malo del proceso. No solo se trata de glorificar las bondades de los mas brillantes, sino que se trata de desentrañar las dificultades y los malentendidos que se nos presentan en el aula.
El objetivo de evaluar no es pasar a los alumnos por el cedazo y promocionar a los que lo superan, el objetivo debe ser el mismo que cualquier otra tarea de la educación, ENSEÑAR. Reza el refrán que de los errores se aprende, y más bien parece una verdad universal, pero se aprende si se saca de ellos una lección, y aquí los docentes somos los guías en el descubrimiento. En torno a esta idea, la innovación docente ha desarrollado multitud de ideas que son imprescindibles para hacer una evaluación 1 de calidad y 2 formativa:
- Rubricas, Likert, Listas de control, ...
- Feed-Backs, Evaluación dialogada, ...
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